Portal de información de Suiza

Your Gateway to Switzerland

El trato quebrantado

Érase una vez un fuerte y hábil cazador en Unterschächen al que le gustaba mucho subir a las montañas para disparar gamuzas. Cuando un día estaba caminando por una empinada senda en las montañas con su fusil de caza se tropezó con un pequeño hombre desconocido que le cerraba el paso.

Este hombre le preguntó: «¿Por qué sigues matando a mis cabras monteses?» El cazador respondió: «¿Qué remedio me queda? Tengo que dar de comer a mi mujer y a mi gran familia.»

«¡Hagamos un trato!», replicó el otro. «Coge este queso que te dará a tí y a tu familia de comer para el resto de vuestras vidas, al menos que no lo acabéis de comer del todo. Tú en cambio me prometes dejar en paz a a mis gamuzas.» El hombre dio al cazador un pequeño pedazo de queso y continuó: «¡No te olvides! Si quebrantas este trato lo vas a arrepentir!» Y con estas palabras el pequeño hombre se marchó tan rápido como había aparecido.

El cazador se llevó el queso a casa y hacía lo que le había sido encomendado. El queso era tan pequeño que casi no llegaba para una sola persona, pero el cazador lo puso encima de la mesa y cortó pedacitos pequeños para sí, su mujer y sus hijos. Cada uno comió la parte que le tocaba y todos quedaron satisfechos, nadie tenía más hambre. Siempre procuraron de dejar algo del queso para el día siguiente. En la mañana siguiente el queso había recuperado su tamaño original.

Durante un tiempo la familia se nutría de esta manera. Cada día comían un poquito del queso sin comerlo todo, y al día siguiente el queso volvió a tener el mismo tamaño como al principio.

Pero con el tiempo el cazador empezó a impacientarse. Miraba las montañas y su fusil colgado en la pared sin utilizar y añoraba los viejos tiempos. Un día no pudo aguantar más, pero no quiso guardar el queso sin cumplir el trato. Por eso, una tarde reunió su familia y les ordenó a comer el queso entero. Sin embargo, uno de los hijos dejó caer un trocito al suelo y en la mañana siguiente el queso recuperó de nuevo su tamaño original.

Después, el cazador invitó a sus amigos para la cena, y esta vez sí que lo devoraron entero sin dejar ni una miga de queso.

El día siguiente el cazador cogió su fusil y subió a las montañas. Subió por los caminos más escarpados y de repente avistó en la cima de una roca una gamuza blanca muy linda como nunca había visto antes. La apuntó detenidamente y, a punto de disparar, un pequeño hombre de las montañas saltó encima de él y lo empujó del borde del precipicio al vacío profundo.