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Suizos en el extranjero

El Café Josty en Berlín en torno al año 1880

El Café Josty en Berlín en torno al año 1880

© Postcard collection Centre for Berlin Studies

El Café Chino en San Petersburgo hoy, con los nombres de S. Wolf y T. Beranger que aparecen en la inscripción por encima de los pilares

El Café Chino en San Petersburgo hoy, con los nombres de S. Wolf y T. Beranger que aparecen en la inscripción por encima de los pilares© www.santour.ru

Suiza tiene una larga tradición de emigración, por eso no puede sorprendernos el hecho de que la mayor parte de los fabricantes suizos de chocolate consiguieran su maestría fuera de su país. La emigración empezó muy pronto. Los primeros emigrantes suizos eran tesineses o valesanos, o sea gente proveniente de las regiones periféricas del país. Su destino era la Italia del norte, donde vivían los mejores confeccionistas en el siglo XVIII.

Chocolateros de los Grisones

Los pioneros suizos de la chocolatería eran los hermanos Josty de los Grisones que se hicieron famosos en Berlín. A principios del siglo XIX, abrieron un negocio especializado en artículos de confección y chocolate que alcanzó súbitamente gran prestigio en la capital prusiana, y gracias a lo que uno de sus clientes describió como chocolate «realmente de primera calidad» refiriéndose al surtido de los Josty.

Grandes representantes de la narrativa decimonónica alemana, como Heinrich Heine o Theodor Fontane, mencionaron con gran entusiasmo a los Hermanos Josty y sucesores en sus obras. La pastelería de los Josty se convirtió, a principios del siglo XX, en un lugar de encuentro de primer rango para políticos, artistas y escritores. Erich Kästner escribió su famosa novela infantil, «Emil y los detectives», en la terraza de esa confitería.

Otros confeccionistas grisones emigraron a Rusia. El gran poeta ruso Alexander Pushkin bebió una taza de chocolate en el Café Chino de Salomón Wolf y Tobias Béranger en San Petersburgo, sólo algunos instantes antes de su duelo mortal en 1837.

También de los Grisones, los hermanos Coletta abrieron su primera fábrica de chocolate en Copenhague en 1862. Su negocio tuvo tanto éxito que en poco tiempo lograron también establecer contactos comerciales con Suecia y Noruega.

Otro suizo, Karl Fazer, levantó una pastelería en Helsinki en 1891, que se convirtió muy pronto en uno de los productores mayores de artículos de confección en Finlandia. Hoy, Coletta-Fazer –ambos negocios se fusionaron en el año 2000– domina el mercado escandinavo y es muy conocido incluso en Rusia, Polonia y los países bálticos.

Chocolateros del Tesino

Emigrantes del Valle de Blenio en el Cantón del Tesino, establecieron negocios en algunas ciudades italianas, germanas y neerlandesas. También abrieron establecimientos con gran éxito en Londres. Se dice que la Reina Victoria estaba muy impresionada por una máquina que producía crema de chocolate en la Gran Exhibición de 1851 que pertenecía a los propietarios tesineses de un salón de té en Charing Cross.

Chocolate con raíces suizas

Si existe algún país que pueda competir con Suiza en el arte de la chocolatería es Bélgica. Pero incluso los famosos bombones belgas tienen raíces suizas. En 1857, cuando el suizo Jean Neuhaus de Neucastel se instaló en Bruselas estableciendo una farmacia en la que vendía artículos como antitusígenos o barretas de orozuz contra los males de estómago, todavía no se traslucía la posibilidad de que su familia se erigiera algún día en el fabricante más grande de chocolate en Bélgica.

Frédéric, el hijo de Jean, convenció a su padre a entrar en el negocio chocolatero; y el nieto, también Jean, que en 1912 inventó el primer chocolate de tamaño aboquillado que luego bautizó praline, revolucionó la chocolatería al confeccionar los primeros bombones, acrecentando cada vez más la selección y perfeccionando al mismo tiempo los rellenos de sus confites. Neuhaus es todavía hoy uno de los mejores chocolateros en Bélgica.