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Guerra de los Treinta Años

La guerra de los Treinta Años no fue sólo un enfrentamiento religioso sino también un conflicto político-territorial de alcance europeo. Las alianzas cambiaron, pero dicho a grandes rasgos, los más importantes contrincantes eran, por un lado, el Sacro Imperio y sus aliados católicos, y por otro, las grandes naciones europeas.

Hasta entrados el siglo XVII, el Imperio estuvo bajo el dominio de los Austria, que también señoreaban la Monarquía Hispánica. Francia (si bien una nación católica) era ansiosa de quebrar el poder del Imperio, por cuyo motivo se valieron de una liga con las fuerzas protestantes nórdicas.

La Confederación consiguió mantenerse alejada del conflicto gracias al complejo tejido de alianzas que varios cantones habían establecido a lo largo de la segunda mitad del Quinientos. Estas alianzas correspondían prácticamente con las fronteras confesionales. Ambas partes comprendieron que una intervención en la guerra, codo con codo con sus correligionarios, iba a descuadernar la Confederación.

Sin embargo, en dos mayores ocasiones, en 1633 y en 1638, fuerzas protestantes extranjeras violaron la neutralidad suiza, desplegando sus tropas por territorio helvético. La Dieta de la Confederación, consciente del peligro que partía de estas incursiones ilícitas, respondió con la institución de una junta militar que integraba ambas partes, miembros católicos y miembros protestantes.

Esta junta estaba organizada de tal modo que, en caso necesario, hubiese sido capaz de reclutar un ejército ad hoc con 36.000 hombres de armas, que se destacarían para las fronteras para cortar las irrupciones de las fuerzas extranjeras. Este acuerdo militar, que por primera vez estableció una defensa a escala nacional, es conocido con el nombre de «Carta defensiva de Wil».

«En comparación con otros países, éste me pareció tan extraño como si estuviera en China o en Brasil. Allí la gente vivía en paz, los establos estaban llenos de ganado, en las granjas correteaban gallinas, gansos y patos, los caminos no ofrecían ningún peligro para los viajeros, y las posadas estaban repletas de gente que se divertía. No existía temor al enemigo, ni inquietud por los saqueos, ni miedo a perder haciendas y vidas; todos vivían seguros bajo su parra y su higuera y, en comparación con otros países germanos, con tanta alegría y ganas de vivir que aquel país era para mí un paraíso terrenal, aunque parecía ser de costumbres bastante toscas.»

Hans Jacob Christoffel Grimmelshausen, El aventurero Simplicissimus (Barcelona, 1978), Libro quinto, pág. 211