Portal de información de Suiza

Your Gateway to Switzerland

Historia

Vicisitudes políticas en la segunda mitad del siglo XIX

El sistema de partidos suizo se fue cristalizando gradualmente a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX.

Después de la caída del Imperio napoleónico, las líneas divisorias ya estaban bastante bien prefiguradas entre las fuerzas conservativas y aristócratas que querían reestablecer el antiguo sistema de privilegios anterior al año 1798, por un lado, y por otro, las fuerzas liberales, los denominados «pensadores liberales» (Freisinnige, alemán) que propagaban la equiparación de derechos.

Los conservadores apoyaban la autoridad cantonal, mientras que el liberalismo progresista quería extender las atribuciones administrativas del Estado federal.

Ya con anterioridad al año 1848 surgieron las primeras señas de ruptura entre los liberales cuando se trataba dar solución a la cuestión en qué manera se podía mejor establecer una equiparación entre derechos y deberes ciudadanos.

En el liberalismo progresista confluían tres tendencias:

-En el bando liberal del movimiento progresista prevalecían los intereses de los empresarios industriales que defendían el libre comercio y la idea de la no-interferencia del Estado en asuntos económicos. Eran partidarios de un sistema federalista.

-Los radicales –defensores del Estado unitario– amparaban más bien una política social y defendían la idea de que el Estado debería asumir un rol más activo en la gestión de la economía pública.

-Y los demócratas –defensores de una democracia refrendaria–, que aparecieron en la escena política como corriente identificable todavía en los años 1860, preferían la «democracia pura», en la que el pueblo en su conjunto debería hacerse cargo de las decisiones políticas a tomar en lugar de los representantes electos.

Sin embargo, a pesar de que las distintas corrientes del liberalismo helvético defendían idearios a veces contradictorios, la división oficial entre las tres facciones no se llevó a cabo hasta la década de los años 1890. Los Radicales crearon su propio partido en 1894: es el Partido Radical Demócrata (PRD), que todavía hoy cuenta con una representación política en el Gobierno federal.

Por su parte, los trabajadores apenas estaban organizados a escala nacional; no podían por tanto articular sus intereses políticos en el parlamento. Las protestas del proletariado no encontraron ningún eco y fueron suprimidos con rigor. Pero en los años 1830, los primeros obradores empezaron a formar juntas políticas bajo la influencia de refugiados alemanes.

Al término de una larga lucha por la representación política de la izquierda, en concreto en el año 1888, el Partido Socialista (PS) surgió por fin del mapa partidista de la nación.

A pesar de su derrota en la guerra civil, las fuerzas católico-conservadoras no desaparecieron de la vida política. Aunque era todavía una fuerza muy débil en el plano nacional, disfrutaban, no obstante, de un apoyo considerable sobre todo en los catones católicos. Hasta 1912, su partido se conocía bajo el nombre de Partido Católico Conservador.

En el contexto político suizo, el conservatismo era la expresión de un ideario que defendía las estructuras locales y culturales contra el poder de los liberales radicales. Entendido así, el conservadurismo se atenía más o menos a la división religiosa del país. Sin embargo, no todos los católicos eran conservadores y no todos los conservadores eran católicos.

Tras hallarse muchos años en la sombra de los liberales, los Católico-Conservadores consiguieron volver a reunirse paso por paso. En 1891, lograron por primera vez diputar a uno de sus partidarios, Joseph Zemp, para el Consejo Federal.

«Al decir al gobierno: el pueblo soy yo, el liberalismo enaltece en realidad a los mandatarios, colocándolos por encima de su mandato. También piensa que la tarea de los diputados electos consiste en conceder libertad, orden y felicidad desde la altura de su eminente sabiduría […]. De ahí viene que intente concentrar el poder en las manos de los espabilados, sabios y aquellos, en quienes confía la nobleza del alma. Quiere el gobierno de los mejores. Al encariñarse con el mayor premio del saber, la capacidad y la moral, el radicalismo prefiere el gobierno de todos, porque no existe democracia representativa si los representados no exprimen los sentimientos, las ideas, las necesidades y la voluntad del pueblo que representan, ya que el instinto de las masas, si se trata del bien general, es más fiable que el orgullo de la ciencia y la petulancia de las capacidades.»

 

Sacado del escrito «Sobre la diferencia entre liberalismo y radicalismo» de Daniel-Henri Druey (1799-1855) del año 1844; Druey fue miembro del primer gabinete de ministros del Estado federal suizo

Enlace externo