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Una larga tradición

Retrato de Jacques Necker por Joseph Siffred Duplessis, Castillo de Versalles. (nueva ventana)

Retrato de Jacques Necker por Joseph Siffred Duplessis, Castillo de Versalles. El banquero ginebrino Jacques Necker (1732-1804) tuvo una prestigiosa carrera como financiero, prestando sumas notables al Tesoro real francés. Habiendo ganado la confianza del rey, accedió en 1776 al cargo político de director general de las Finanzas de Luís XVI donde adquirió fama sobre todo por una serie de reformas administrativas y financieras.© Château de Versailles

Monumento a Alfred Escher en Zúrich (nueva ventana)

Monumento a Alfred Escher en Zúrich. Alfred Escher es considerado como uno de los cofundadores de la Suiza moderna. Nacido en Zúrich en 1819, provenía de una familia influyente. A los 25 años fue elegido para el Parlamento Cantonal de Zúrich. Prosiguió con éxito su carrera política y logró ser elegido al Consejo Nacional en 1848. Su carrera económica no fue menos impresionante: en 1853 fue cofundador del Ferrocarril del Noreste, en 1855 del Politécnico, la actual Escuela Politécnica Federal EPF, y en 1856 de Crédit suisse. Este instituto financiero era el mayor banco de acciones para la industria y el comercio en Suiza. A partir de los años 1860, Escher participó en la construcción del Ferrocarril del Gotardo. De 1872 a 1878 dirigió la construcción de esta ferrovía, probablemente su obra más grande. En 1882, Escher fallece a los 64 años.© picswiss.ch

Las actividades bancarias gozan en Suiza de una larga tradición que se remonta a las postrimerías del Renacimiento. Es gracias a su posición en el corazón de Europa y a un entorno económico y político estable que Suiza llegó, en el transcurso de los siglos, a arrogarse una posición destacada como centro financiero internacional, reconocido por su alta competencia y también por su discreción.

 

A lo largo del siglo XVII, comerciantes suizos empezaron a especializarse en la inversión en el extranjero de enormes cuantías de capitales privados y públicos que surgieron como producto de servicios prestados en el extranjero, de la protoindustria y el comercio. Pronto disponían de buenas relaciones comerciales en todas las grandes ciudades europeas y de una sólida red para la tramitación de pagos internacionales, dos elementos clave para el posterior desarrollo del sistema bancario suizo. Entre los clientes más fieles de esos banqueros privados figuraban los reyes de Francia, cuyas necesidades de financiamiento eran casi insaciables. Desde el principio, esta relación se regía por la exigencia de una discreción absoluta: de hecho era imposible para los reyes católicos de Francia reconocer que prestaban dinero de herejes protestantes. Así se asentaron las bases de lo que más tarde se denominaría secreto bancario, o sea, la protección garantizada de la esfera privada en el sector financiero.

 

Las turbulencias políticas europeas del siglo XVIII condujeron a la transformación definitiva de Suiza, y de Ginebra en particular, en un refugio financiero para quienes trataban de evadir las consecuencias de las revoluciones. Se dice que hasta Napoleón I era un cliente de los bancos suizos. Gracias a la acumulación de capitales, los bancos suizos lograron rápidamente colocarse en la delantera de la escena financiera internacional. Participaron de manera significativa en la financiación de la revolución industrial. Y el siglo XIX contempló la aparición de los primeros bancos comerciales e industriales.

 

En los años de transición del fin del siglo XIX a comienzos del XX comenzó un nuevo período de prosperidad. El aumento general de la presión fiscal en varios países europeos provocó el desvío de abundantes flujos de capitales extranjeros a bancos suizos por las elevadas imposiciones de fiscos demasiado codiciosos. La tradicional discreción de los banqueros suizos se convirtió así en una gran ventaja en la competencia internacional.

 

Con la crisis económica de 1929, los países europeos procuraron frenar la evasión fiscal ejerciendo presión sobre Suiza. Sin embargo, estas medidas no lograron debilitar el centro financiero helvético en este difícil contexto internacional; es más, en 1934 el Parlamento suizo decidió incluso anclar el secreto bancario en la ley.

 

Ambas guerras mundiales permitieron a la plaza financiera suiza afianzar su posición destacada en el ámbito de la gestión de fortunas privadas. Al no haber participado en los conflictos beligerantes, Suiza consiguió salir de los años de guerra con una de las monedas más fuertes del mundo, un régimen fiscal moderado y un sistema político famoso por su estabilidad. Junto con la protección de la esfera privada en el sector financiero, estos factores contribuyeron a la promoción de la reputación de Suiza como lugar seguro para capitales trasnacionales. Gracias a estas ventajas significativas sobre sus competidoras extranjeras, la plaza financiera suiza conoció un crecimiento constante durante toda la segunda mitad del siglo XX.

 

El disponer de un entorno de alta calidad siempre fue un factor esencial para el buen funcionamiento del sistema financiero. La estabilidad persistente de Suiza, tanto en el plano político como macro-económico, así como la larga tradición de la seguridad jurídica fueron, evidentemente,  ventajas considerables para el centro financiero helvético. Pero el éxito de la banca suiza se basa sin duda también en otros factores más sustanciales que están relacionados con el espíritu liberal de la mayoría de los suizos a propósito de cuestiones económicas y sociales, el respecto perseverante del que dan prueba hacia la propiedad privada y su peculiar relación con del dinero, tan marcada por la modestia y la discreción.

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