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¿Mentalidad de montaña y de erizo?

Las montañas no son solamente el símbolo inequívoco de Suiza, también han influido en la mentalidad de los suizos.

Durante muchos siglos las montañas han servido como muro protector contra intrusos ajenos. En la Edad Media, los Alpes protegieron las pequeñas comunidades juramentadas en el interior del país de diversos poderes y opresores ajenos, como los Habsburgo o los Borgoñones. Esa amenaza permanente fue causa y motivo para el establecimiento y la posterior consolidación del sistema de alianzas entre las comunidades alpinas.

A muchos suizos la fuerza de resistencia y el espíritu de libertad de sus ancestros sirve, todavía hoy, como modelo edificante. Muchos suizos se identifican con el pasado glorioso de la Confederación, cuyos fundadores constituyen para ellos el orgullo de la nación. La impecable voluntad de resistencia de los antiguos suizos ha marcado profundamente la mentalidad del pueblo. Pero el espíritu de resistencia no sólo es una característica típica de los suizos, es más: en los últimos dos siglos ha alcanzado el grado de un mito nacional.

La trascendencia de la resistencia nacional ha incluso inspirado la creación de la «táctica del reducto» en la Segunda Guerra Mundial, una estrategia defensiva que el Estado Mayor del ejército helveta había elaborado para bloquear una posible invasión por las tropas del Tercer Reich. Se trataba de una estrategia de guerrilla que tenía prevista la retirada parcial del ejército a los refugios y búnkeres en las zonas alpinas en el interior del país, reorganizando desde allí la resistencia y el combate al amparo de las montañas.

Durante mucho tiempo, los suizos se consideraban como un «caso particular», creían que la historia de su nación no tenía mucho en común con la de otras naciones. El término alemán «Sonderfall» es la designación exacta para esta ideología de aislamiento.

Todavía hay muchos suizos que defienden esa idea o mentalidad de encerrarse y apartarse de otras naciones. Pero el debate público actual, dirigido sobre todo por los intelectuales de izquierda y los defensores del libre comercio, reprende esta actitud conservadora de los aislacionistas. Se les reprocha de perseverar en esa «mentalidad erizo» que, según sus oponentes, ya no tiene ningún fundamento justificable. En un mundo que está afrontando la globalización ya no hay espacio para estas doctrinas anticuadas.

«Resulta una empresa abrumadora explicar un pueblo, sobre todo si éste no existe. Los que forman parte de él, sabemos muy bien que no somos suizos, sino ciudadanos de Neucastel, como ustedes, o del cantón de Vaud, como yo mismo, o de Zúrich o del Valais; o sea, naturales de pequeños países auténticos. En Suiza, sólo los buzones y los trajes de nuestras milicias representan alguna forma de uniformidad. Cuando dejamos nuestra patria ponemos mucho cuidado en distinguirnos los unos de los otros. Y de nuestra parte no damos ni la menor ocasión de ironía si tantas precauciones nuestras acaban en que los extranjeros nos digan: - ¿Usted es suizo? - ¡Sí, claro! - ¿Cómo es que sabe usted hablar tan bien el francés?»

Charles-Ferdinand Ramuz (1878-1947) fue uno de los poetas de mayor renombre en la Suiza francófona; de hecho, su rostro se encuentra en el actual billete de 200 francos suizos.

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