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Humanidades y Ciencias Sociales

Uno de los psicólogos más brillantes respaldado por el FNS fue Jean Piaget (1896-1980). Su trabajo pionero ha abierto nuevos horizontes en el amplio campo de la psicología infantil, sobre todo al descubrir áreas inexploradas de la conciencia pueril.

Piaget descubrió que la manera de pensar de los niños cambia en los distintos períodos de la infancia. Los experimentos de Piaget permitieron identificar cuatro estadios principales en la evolución infantil —del nacimiento hasta la edad de quince años— en los que el niño es capaz de hacer reflexiones lógicas comparables a las de un adulto.

El juego al «escondite»

En la «fase sensorial-motor» (de 0 a 2 años), Piaget observó que los niños no son realmente capaces de percatar los sujetos de su entorno. Por eso, los padres pueden jugar el «juego al escondite» (de esconderse y reaparecer) cuando sus hijos todavía son bebés. Mientras el padre esconde su cara detrás de las manos, el bebé piensa que ha dejado de existir. Y cuando reaparece la cara, es como si fuera una revelación milagrosa.

Es en la segunda fase, denominada «preoperativa» (de 2 a 7 años de edad), cuando los niños empiezan a realizar que los objetos pueden representar otra cosa cualquiera. Pueden pretender, por ejemplo, que su coche juguete esté pasando por encima de un puente aunque a lo mejor está encima del brazo de un sofá.

Además, a esta edad, los niños adquieren las destrezas del habla, gracias a su capacidad de pensar en cosas ausentes, que no están al alcance de su vista. Pero los niños que viven esta segunda fase de su evolución infantil, todavía son muy egocéntricos. Es difícil para ellos asumir el punto de vista de otra persona. Niños de tres años de edad que se ven en dificultades, reaccionan a menudo con esconder su rostro detrás de las manos. A esa edad, la lógica se exprime básicamente en una frase muy común: «Si yo no los puedo ver, ellos a mí tampoco, ¡estoy a salvo!»

En la fase «operacional concreta» (de 7 a 11 años de edad), los niños comienzan a tener una sensibilidad creciente para las dimensiones del tiempo y del espacio, y a los 12 años ya están en el tramo final en su camino hacia el modo de pensar de los adultos —que, desde luego, están mejor capacitados para el empleo de estrategias lógicas y complejas en la resolución de problemas complicados—.